Hasta el 7 de abril el Museo del Greco en Toledo exhibe el lienzo ‘Dos mujeres y un bodegón’ de la pintora María Blanchard

Con motivo del día Internacional de la mujer el Museo del Greco, sito en la judería toledana, ha querido dedicar este mes a una mujer que además de entregar toda su existencia a la causa del Arte, es ejemplo de superación: María Blanchard.

Dentro del programa de Pieza Invitada, el Museo del Greco establece una línea de exposición de obras de arte contemporáneo que sirvan de ejemplo de la influencia que el Greco tuvo en las Vanguardias artísticas y el arte contemporáneo.

En este caso, la Colección Abanca ha prestado la obra “Les deux soeurs” (Las dos hermanas) para su exposición en el museo toledano durante el mes de marzo. La representación de dos figuras humanas en un retrato psicológico, la importancia del color y su similitud con los colores empleados por el pintor cretense así como el alargamiento de las figuras establecen esta relación entre la pintora cántabra y el cretense.

-Sobre María Blanchard:

María Blanchard creció en el Santander de finales del siglo XIX, en un ambiente refinado y culto, un tanto liberal, que marcó en ella una personalidad rica, exquisita en educación, sensible e introvertida. Su condición física, una deformidad en la espalda causada por una caída de su madre durante el embarazo, condicionó tanto su experiencia artística como su vida personal; se alejó del camino estipulado para las “señoritas de la alta burguesía santanderina”, cuya meta era el matrimonio y el cuidado de sus hijos, a finales del siglo XIX.

Vista de la playa de El Sardinero a principios del siglo XX, al fondo el balneario y detrás el Gran Hotel. Fuente: El Diario Montañés

Su padre, consciente del drama de aquella vida desde pequeña, guió sus pasos hacia el mundo del arte como salida a tanto dolor contenido. Tras su formación en Santander y Madrid se traslada en 1916 a París, en lo que se convertirá una etapa llena de incertidumbres, dudas e inseguridad, dejando atrás una vida protegida y familiar para enfrentarse sola a un mundo en que predominan los hombres.

La artista con su alumna Jacqueline Rivière. MICHAEL HOUSEMAN

Si bien, ya habría estado en la capital francesa en 1909 gracias a una beca de formación donde conoció a Anglada Camarassa, Juan Gris, o Jacques Lipchitz. En esta segunda estancia, París se le reveló como una ciudad abierta, cosmopolita en la que se estaba fraguando toda la ruptura del arte occidental así como la válvula de escape a su situación personal. De esta forma, su obra  se vio teñida de las nuevas tendencias y hoy ocupa un lugar destacado en las Vanguardias del siglo XX.

Supo expresar mejor que nadie a través de su obra la soledad, la tristeza y la melancolía que siempre la acompañaron. La simbiosis “Vida-Pintura” se da en esta artista como en ningún otro. En su obra logra un modo de comunicación propio, sugerente y firme, sirviéndose en todo momento de la figura humana como portadora de sus vivencias interiores.

María Blanchard en 1909. Fuente: (https://artedemadrid.wordpress.com/tag/maria-blanchard/)

La aportación más importante del cubismo a su obra es la transformación que hace en el uso del color gracias al cual descubre la facultad de interpretar estados de ánimo. En los tonos, la estructura y en los fuertes volúmenes que componen las figuras se denota este paso por el Cubismo, pero la figura humana ocupa ya toda su atención no sólo como objeto de la obra, sino como testimonio de un estado de ánimo, como portadora de sus vivencias internas. La captación de naturalezas muertas será el único tema que desarrolle en todas sus etapas creativas y en el que logrará algunas de sus mejores composiciones.

María Blanchard. Naturaleza muerta. 1917 (ca.). De la colección cubista de Telefónica depositiada en comodato en Museo Reina Sofía

En este caso, un ovillo morado entronca con el recorrido creado por el Museo del Greco con motivo del Día Internacional de la Mujer, en el que los ovillos de lana morada iban marcando aquellas obras en las que aparecía una mujer.

Las figuras femeninas están captadas de manera fiel, no amanerada, poniendo siempre el acento en la personalidad del retratado. Al principio sus retratos nunca miraban de frente, siempre de perfil, rehuyendo la mirada, con aire pensativo, tal y como aquí aparece la figura de rojo. Ningún personaje está feliz o sonriente, sino sumido en un mundo abstracto, meditativo o incluso triste, como expresión de su propia soledad donde vierte el recuerdo de su infancia, el reflejo de su atormentada existencia.

Esta obra (1921), fue adquirida por Jean Grimmar y María Blanchard, en una carta a Jean Delgoufre, lamenta así su venta: la triste historia de las «dos hermanas» de la que he sido única propietaria hasta ahora y me entristece haber visto partir esta pintura que tanto amo”. Tal era el agrado de la pintora por la pieza que, en 1926 y pese a la penuria económica que padecía, compra de nuevo esta obra para conservarla junto a sí.  Se desconoce si las “dos hermanas” son ella y su hermana o bien dos amigas cuya amistad es fraternal.

Pilar Rubiales Fuentes

Conservadora del Museo del Greco

 

Sin más, se despide atentamente
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